Escribo paisajes y recortes de lo real.

Cuadernos de estudio visual:

  • Casi todo en la vida es sostener.

    Sostenemos partes y pedazos de cosas que fueron, son o serán.

    Hay una belleza humana y trascendente en los fragmentos que todavía no toman forma, en sentir en las manos las posibilidades de todo lo que podría crecer.

    Sostener las flores, siempre con la intención de encontrar en ese gesto el amarillo suave del sol que sosiega cualquier tristeza.

    Sostener las partes de mis partes tiernamente, como si fueran hijas.

    Sostener los movimientos de la vida con anhelo.

    Porque al final, cada parte conserva la valentía y necesita un mirar suave que nos lleve a otro intento por descubrir el todo.

  • Hago silencio porque morimos.

    No te escribo porque estoy muerta.

    No te nombro porque mi boca está cubierta de tierra. 

    Silencio por esos dos que fuimos. 

  • Reposo en el pasto y la mirada se pierde en la nube más grande y espesa que jamás vi.

    No me es natural la ligereza y por eso a veces siento que actúo. Tal vez para alcanzar alguna verdad, tal vez para no desapegarme.

    Hay una calma que solo la autenticidad y lo real regalan por eso hay placer al dejar caer las máscaras.

    El caos ya no alcanza para construir y aunque el amor pueda entrar ahí a expandir, quitar, dar, enternecer, y devolver ilusiones, prefiero la suavidad de la mañana.

    Me sostienen las nubes y me toma por sorpresa que no caigo.

  • El regazo de mi madre me espera.

    Cada tarde huelo el café y pienso en el árbol de cas. El olor a cas y limón es hogar.

    Y viajo. Me transporto a la hamaca de abuela en la que por cada vaivén, amontonábamos millones de estrellas en nuestras manos.

    La radio al despertar como un ritual de bienvenida después de un sueño reparador de corazones rotos.

    Ahí está.

    Escucho las voces al fondo que son los ecos de mil ancestros y de pronto, ahí vienen.

    Dory me recibe y mi padre, camina hacia la entrada para toparme en un abrazo.

  • La garganta se transforma en nudo cuando trato de hablar.

    Yo misma me freno.

    Como cuidándome de mis propias palabras, porque sé que, si las pongo afuera, no hay manera de salvarme del derrumbe.

  • Las decisiones determinan el destino; el cuerpo lo sabe y no hay retorno. El tiempo transforma el dolor en el deseo vibrante por algo más que solo espinas. Así, a pie, emprendemos el viaje.

    Caminamos entre espejos y no vemos nada más que luces y sombras. Corremos al rescate y caemos en la trampa del cómodo velo que divide las percepciones y lo que realmente es.

    Nos salvan las llamas en el vientre, esas que queman pidiendo lluvia para hacer crecer flores nuevas. Aquellas que permanecen a pesar del tiempo.

  • El baile de las hojas es un código en movimiento con mensajes visibles de vida: morimos un poco todos los días.

    La muerte nos coloca frente al amor, por eso se vuelve casi imposible de soportar porque, aunque el dolor persiste, se transforma en dejar ir para intentar aceptar el destino del otro.

    El sol como reloj de arena: es renacimiento, no pérdida.

    Morimos un poco todos los días.

  • De frente otra vez, pero ahora, completamente desnuda.

    No hay una sola joya que me adorne o me quite de encima la verdad del rostro.

    No puedo moverme: estoy suspendida con la mirada vacía hacia el lago y con los ojos hacia adentro.

    No encuentro formas de reparar.

    Solo me desvanezco lento como el violín en Berglund. Y así, nuevamente carezco de forma.

    Al parecer eso es lo único que permanece.

  • Primero estoy bailando,
    y luego el vacío en el estómago.

    De repente todo me asusta
    hasta que mi rostro se desfigura en llanto.

    No me preocupa demasiado,
    porque así como todo pasó,
    las vibraciones de sentimientos viejos
    son solo eso: memorias que buscan un nido que ya no existe.

    Quieta.

    Cuando caigo y floto
    en esas sensaciones de hormigueos,
    veo animales nocturnos
    y sus ojos fijos sobre mí.

    De pronto mis propias sombras intentan cazarme,
    y cuando al fin puedo volver,
    después de pelearme o rendirme,
    observo los vestigios
    del nido que buscan encontrar
    nuevamente dentro de mí.

    Profundamente me deseo
    caer sin miedo al golpe o al flote.

    Tranquila.

    Respira,
    que la marea baja siempre.

    Regresa aquí,
    a la luz de tu promesa.

  • Se perdió todo un octubre
    de lluvia y hongos.

    La neblina del potrero,
    yo,
    una viejita
    y el silencio.

    Algunas cajas mal cerradas
    me recordaron
    que tenía piernas
    para caminar,
    correr
    y bailar.

    Tiempos, rostros,
    vendajes, manos,
    arena,
    concreto,
    madrugadas.

    Revisito esos lugares en mi cabeza
    y todavía lloro.

    Este octubre
    también tiene olor a lluvia.

    Hay flores,
    paz,
    algunas caídas,
    olvidos,
    memorias,
    luz,
    carcajadas.

    Al final,
    lo que recibí
    fue un regalo.

    Gracias.
    Para siempre.

  • Me absorben los fractales espesos desde el pecho mientras estoy a oscuras tratando de moverme.

    Sé que navego en el mar de mis sueños y que esas aguas las conozco, pero voy en mi bote congelada por el miedo.

    Casi de inmediato y una a una, las imágenes me agujeran la visión interna como balas disparadas por mi propia mano. Lo siguiente que veo son ensayos de lo mismo.

    Las noches no son descanso, son solo alfombras en las que me siento horas a contemplar los ventanales desde donde puedo tomar distancia y mirar mis pensamientos con el otro par de ojos.

    Y me pesa.

    Y me agota.

    Y me ocupo.

    Pero, aunque me ocupo, el vacío de una migración inyecta mis venas de adrenalina y alimenta mis no procesados, mis límites, mis barreras y mis fantasmas.

    Ojalá pudiera recordarlo todo.

    Ojalá el sabor a las mantequillas con azúcar pudieran ser remedio.

    No sé qué hora es.

    A lo lejos, las campanillas y de pronto solo mi respiración que hace de arrullo, y un silencio.

    Me hablo ahí, en la quietud de mi cuerpo.

  • Los ciclos me alcanzan.

    Regresan a mi cuerpo como pequeñas sensaciones de vacío y turbulencia.

    Vuelo otra vez sobre el mar y me empapan las olas espumosas de Quizales.

    Los ladridos feroces, el olor de la arena mojada y una tortuga anclada bajo una palma; un día cualquiera en el paraíso.

    Permito a la ola que me mueva solo lo suficiente para recordar el dulzor amargo de aquellos años que hoy, frente al ventanal empañado por una lluvia insistente, toman sentido.

    La soledad es cama suave pero no duermo. Aún quedan algunas dagas que pensaba ya no.

    Quizás, un día pueda dejar de sentir tanto.

    Espero que pronto, el barro que pisan mis pies convierta heridas en cicatrices.

    Todavía no logro ver por completo. Pero sé que estoy aquí y ahora. En ocasiones voy a tientas, otras avanzo como una máquina, muchas más voy despacio develando mi nuevo rostro que ya reconozco.

    Las esquinas de mis ojos y mis párpados han envejecido diez años y yo con ellos.

    Yo con todo.

    Yo en el presente y mi ceño travieso, sin avisar, a veces en el pasado.

  • Nació una noche lluviosa y bochornosa, por gracia de la sal y el abono de las versiones de sí misma que yacen en la tierra.

    Sus piernas son fuertes, sus manos inquietas, tiene una mirada curiosa y, como si fuera poco, está aprendiendo a caminar de nuevo, porque antes solo corría.

    Su abuela, su madre y sus hermanas la miran de lejos. Se preguntan si alguna vez esos ojos podrán ser capaces de mirar su belleza: una palabra que, para ella, está presente afuera, en el mundo, más no dentro suyo.

    Casi a diario juega con los límites de aquello que fue prohibido por la madre, esta madre que tan generosamente la cargó y fue su sustrato por diez largos años.

    Se observa, casi incapaz de creerse, como si buscara en los reflejos de las ventanas por las que pasa a esa que una vez fue la gestora de su nuevo cuerpo.

    A veces quisiera regresar al jardín con chinas rosadas y sentarse al lado del árbol de cas a buscar insectos, pero prefiere no entregarse a la nostalgia.

    Casi por magia, se mece en las nubes blancas y juega con los rayos y las tormentas que no cesan. Ha aprendido a disfrutar la lluvia y se sienta a empaparse, a veces con paciencia y otras con un enojo que no sabía llevaba alojado en el vientre.

    Ella no sabe cuándo, pero con una certeza absurda sabe que la espera un horizonte dorado.
    Se cuestiona si escribirse nueva es la manera, pero no sabe hacerlo de otra forma, y eso gusta, porque al menos no se esconde.

  • Me lo han arrebatado todo, me dije.

    Me lo han regalado todo, me repetí,
    hasta dormirme en la cama
    con almohadas de sal.

    Me lo he dado todo.
    Me lo he permitido todo.

    Me abrieron el camino
    y yo, con mis manos,
    me hice la vereda.

  • Mi llegada al mundo, según me cuentan, quiso ser pospuesta.

    Las palabras angustiadas de mi madre se perdían como susurros en medio del ruido de un sistema público de salud agotado.
    Pero ella y su determinación lograron que, después de un buen rato, pudiera tumbarse en la cama de una sala de partos del San Juan.

    Segundos después nací, dice ma: —Haciendo mala cara y llorando.

    Mi madre y mi padre, clase trabajadora hasta el día de hoy, me dieron lo que pudieron.
    Y lo que no, ya no lo recuerdo.

    No recuerdo bien lo que quise y no pude tener.
    De muchas maneras, era feliz jugando en el jardín, observando las flores, cantando, bailando, pintando…

    Sí, muchas veces me faltó compañía, atención y cuidado.
    Pero tenía mis canciones, mis cuentos, mis fantasías, mi templo erguido con peluches.

    Lo que no hizo falta fue herencia, para bien, para mal, para todo.
    Como hija suya, mi madre y mi padre me construyeron en el gusto por lo bello.

    Mi padre me forjó en la paciencia, en la curiosidad, en el cine, el gusto por el baile y la música.
    Mi madre, con un afilado cincel, me esculpió en la sensibilidad del espíritu, los buenos sabores, la risa desmedida y la alegría.

    Ambos me educaron en el arte de mirar al otro,
    y esa es su mejor herencia.

    Ahora, que no están aquí, en lo único que puedo pensar
    es en las lentejas de mi madre y las preguntas de mi padre.

    Miro la foto del viaje a Sámara como un portal hacia el pasado,
    porque es mi recordatorio del amor.

    Luego, cuidadosamente, paso a la siguiente
    y ahí estamos mi hermano y yo,
    en el patio, con mis patines y su patineta.

    La foto que sigue la veo borrosa,
    pero es el retrato de una niña pequeña comiendo helado en San Rafael.

    Se me nublan los ojos,
    y lo que se desborda me llega a la boca y sabe a mar.

    Ahí seguimos estando,
    retratados, aparentemente funcionando,
    aparentemente felices,
    o al menos no solos.

  • No fue suficiente. Pero hice todo lo que se suponía debía hacer para mantener la casa de pie, aún cuando el impulso desenfrenado por huir me convertía la sangre en fuego.

    Los gritos no construyen una casa.
    Ahora que finalmente puedo mirarme, quisiera haberme sacado de ahí cuanto antes. Solo volvería para salvarme, porque esa casa grande, sola en medio de potreros, no era más que un síntoma de algo podrido.

    ¡Yo quise cruzar el río tantas veces!

    Quizás aún pienso que así me habría ahorrado dolores y semanas de ayuno involuntario, pero el destino es perfecto y no tenía que ser yo.
    A mí me tocaba un vino, unos cigarros, pan, salame, queso, una amiga y mirar la casa en llamas.

    Un duelo, dos, cinco, ocho… ya perdí la cuenta de cuántas veces me morí:
    de cuántos cuerpos sepulté,
    de cuántas ideas enterré junto a los cariños,
    de cuántas velas encendí para alumbrar el laberinto de mi conciencia.

    No puedo ni siquiera describir el tiempo que estuve encerrada ahí,
    porque abría los ojos para buscar el sol y moría al instante en la oscuridad.

    Una casa falsa, pero con alma, porque era yo quien adornaba con flores las grietas que dejaron los gritos y los golpes en la pared.
    Mi alma en flor, como un vendaje inútil. Pero había amor en mis flores.
    Hay amor en las flores que ahora reposan serenas sobre la mesa que está frente al balcón.


    Mis semillas ahora son enteramente mías, porque en mi casa ya no hay miedo, solo árboles afuera de cada ventana, canciones en cada cuarto y ni un solo río cerca.


    Ya no más fuego.

    Solo una promesa cumplida.

  • Listones ultramar flotan con el viento hacia el puerto.

    Contemplo la noche lo suficientemente oscura como para que solo el reflejo de la luna se asome con su brillo cósmico en la marina. Allí, sentada, casi como hipnotizada, el azul me inunda.

    Me miro y sé que no tengo más que mis ojos, mis manos y mis preguntas, que parecen acumularse en otra de esas listas eternas que se desbordan de palabras.

    Y sí, alcanzo casi todo, pero al mismo tiempo todo se gasta. Me inquieta cómo los colores danzan acuosos en el papel. Así que, por ahora, con un trozo de carboncillo, me basta para formar la silueta de aquello que viene. Y, aunque me convenzo de que no es visible, permanece sentado al borde de la cama.

    Me guardo las inconveniencias y le trazo a mi pecho un cerrojo. No por miedo, sino por confianza. Porque, incluso con la ausencia del abrazo, aquí también el azul me sostiene.

  • Sonrío por dentro, incluso cuando, de mi mano,
    la nostalgia se sostiene
    como una niña pequeña que camina al lado de su madre por una calle llena de gente, edificios altos
    y sonidos insistentes.

    A veces la sonrisa es sutil,
    como la caricia del viento al atardecer,
    que roza los hombros para recordar
    que el sol vuelve mañana,
    que los pájaros seguirán haciendo nidos,
    las manos volverán a encontrarse,
    las hojas reverdecerán
    y los ojos,
    los ojos para entregarse de nuevo.

    Todo es relevante,
    todo es una señal, un vínculo, un presagio,
    un dolor, un recuerdo, un olor,
    una palabra, un impacto, una intervención,
    una ruptura, un desgaste, una oxidación.

    Pero hay sonrisa en el caos,
    y me descubro deliberadamente sin tregua.

    Me detengo,
    me descalzo
    y miro la caja que guarda las caras del cariño.

    Me detengo,
    me sonrío.

  • Construyo casi desde cero, como una máquina de creación salvaje que no se detiene hasta elaborar cada detalle, con la conciencia feroz y encarnada de que todo importa.

    Todavía me recuerdo
    frente al ventanal, sentada encima de mis cajas, deshilachando cada trozo de seda;
    en mi mesa, escribiendo veloz en la libreta;
    en la cocina, encendiendo velas;
    en el jardín, mirando al cielo con Dory en mi regazo;
    por la casa, caminando de un lugar a otro hasta el día siguiente.

    Lo reproduzco todo en mi cabeza como una de las mejores películas que he visto,
    y no renunciaría ni a una sola escena,
    porque el compromiso con mi vuelo puede con todo.

    Y cuando flaquean las palabras —
    escritas en aquella carta pintada con pasteles,
    envuelta en un abrazo profundo —
    me recuerdo que también puedo parar.

    Sólida.
    Ese ha sido el adjetivo por meses,
    a las preguntas internas y las de afuera.

    Ahora, aquí, hoy:
    Suave, lista y cantando.

  • A veces cuando puedo dormir, sueño con la playa. Aquella playa hermosa con piedritas de colores, agua turquesa y buen viento para surfear. En mi sueño, la playa se hace infinita y parece que camino por horas bajo el sol agotador de la Península.

    Luego de caminar por horas, me detengo y me siento en una palmera caída a observar como las gaviotas desde lo más alto y en espiral, se sumergen hacia el mar como balas disparadas por un cañón.

    Cuando veo hacia el horizonte, puedo reconocer una figura que viene hacia mí. Camina lo que parecen horas y no llega nunca. Entonces yo me levanto, miro mis pies descalzos y de pronto me elevo hacia las nubes.

    Toco con mis manos una nube grande y se disipa al instante, permitiendo ver un jardín con árboles frutales, todo cubierto de flores y con una pequeña casa en medio de dos árboles de mandarina, con las puertas abiertas de par en par.

    Intento ir hacia allá con una fuerza brutal, pero permanezco, me estanco, no me muevo. Y casi como ahogada por el esfuerzo, despierto y me entero, nunca por azar: ya no estoy en casa.